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Guillaume Long, caricatura. En ‘A comer y a beber. Con las manos en la masa’, editorial Salamandra.

Desde los clásicos y bien diferenciados Conan y Tintín pasando por otros iconos del cómic igual de variopintos como Mortadelo y Filemón, Astérix y Obélix, o Carpanta. También en Zipi y Zape así como en las últimas creaciones manga, la gastronomía y más concretamente el vino tienen su reflejo en este arquetipo de literatura visual. Nada fuera de lo común o extraño si tenemos en cuenta que el término viñeta procede del francés vignette, cuyo diminutivo, vigne, hace referencia a vid y viña. Cómics, letras y vino, naturalezas extrañas tan sólo aparentemente porque entre su distancia median las gramáticas: comida y bebida también hablan. Algo que sabe muy bien el escritor e ilustrador Guillaume Long del que vamos a hablar en las próximas líneas.

Vino y viñetas, dos mundos que confluyen y que, bajo manufactura francesa, nos ha regalado obras tan interesantes, novedosas y contracorriente como lo fue en su día Los Ignorantes de Étienne Davodeau, obra encantadora con guiños clásicos que fue publicada en 2011 por Ediciones La Cúpula, en la que se narra el día a día de un viticultor biodinámico en su esfuerzo por respetar, y enseñar, ciclos, floras, faunas y cultivos. 

Ya fuese elemento accesorio o protagonista los elementos gastronómicos, entre los que destaca lo enológico, han ido apareciendo en los cómics, nacionales o de importación, a lo largo de su historia, pero han sido los de procedencia francófona los que mayor protagonismo o insistencia han demostrado.

Excusa, pretexto o intención. El mundo del vino tiene y recobra ese protagonismo que en realidad nos ha venido acompañando, o que no nos ha abandonado.

Repasen conmigo esa bebida milagrosa de inspiración o con influencias provenientes del vino, efluvios incluidos, imprescindible en el poblado galo más famoso del mundo y sus dos héroes: Astérix y Obélix. Vestimenta o escondites recurrentes fueron las barricas que Ibáñez puso en el camino de nuestros absurdos y queridos Mortadelo y Filemón. La elegancia reflexiva del champán y los vinos rosados, han sido buenos compañeros del Tintín de Hergé, (Georges Remi). Y el hambre, y las visiones, y las persecuciones con las que José Escobar atormentó a Carpanta y de las que cestas, botellas, cogorzas, compras callejeras y memorables pollos ejemplifican esta unión entre tintas, tintos y guisos.

Auspiciado por el éxito del manga Las gotas de Dios del japonés Tadshi Agi irrumpió en 2004 anunciando un terreno prolífico donde combinar las dos artes, la del dibujo y la del buen vino. A pesar de su inevitable relación con los públicos jóvenes, prejuicio popular, esta obra constituye desde entonces otro gran ejemplo de divulgación y responsabilidad en torno a la producción y el consumo del vino, primando además en su historia los placeres, porque, ¿qué es si no el vino?

Uno de los últimos volúmenes en llegar a España, traducido por Ediciones Salamandra, ha sido A comer y a beber. Con las manos en la masa de Guillaume Long, uno de mis favoritos y del que tenía que haber escrito hace ya bastante tiempo.

Quizás por estética, pero sin duda por tratamiento del contenido, este cómic, además de ser la segunda entrega de lo que promete ser una colección, supone una peculiar evolución que raras veces se gesta dentro de un periódico. Ilustración y prensa han ido de la mano desde sus inicios, sin duda. Lo que ya no es tan habitual es que esa ilustración, centrada exclusivamente en lo gastronómico, tenga el éxito y el protagonismo que está cosechando este escritor de origen suizo con un cómic que aunque tiene bastante de recetario, sigue su propio guión. ‘Historias de la radio’, ‘Pato momificado’ y el viaje al festival de cómic alternativo, Small Press Expo, son sólo algunos ejemplos de las historietas que encontrarán y en las que lo importante viene siempre del lado de los alimentos y la cocina por medio de distintas relaciones.

Lo cierto es que este hecho, su éxito aunque su público sea minoritario o escogido, no viene sino a demostrar lo mucho que da de sí la temática y el inagotable juego literario que ofrece. Los más ortodoxos se echarán las manos a la cabeza pero nada importa si con ello se consigue aficionar lectores y domesticar cocinas urbanas demasiado fascinadas por el shows televisivo y los locales ultramodernos.

Este año no me he cansado de repetir que la gastronomía comienza en casa. Para muchos será una obviedad pero el término “gastro”, las expresiones que a diario presencio (sufro, más bien) del tipo “un sitio gastro”, no hacen sino afianzarme en mi lucha por que la banalidad no gane el terreno al sentido común y lo intelectual. El primer templo “gastro” del que deberíamos presumir es el nuestro, el de casa.

Guillaume Long lo sabe muy bien y por eso este aspecto se percibe en todas y cada una de las páginas de las que se compone su nuevo comic, la segunda entrega de A comer y a beber. Long practica, privilegiadamente todo hay que decirlo, esa filosofía que combina experiencias foráneas y caseras. Su blog gastronómico, alojado en Le Monde, es ahora y por segunda vez de papel. Por él pasean compras, recetas, cocineros (sí, Jöel Robuchon, o mejor dicho un rebautizado Jöel Reblochon, guiño y alter ego del ilustrador) así como situaciones más o menos conocidas que hacen de la cocina, sea profesional o casera, lo que es: un lugar mágico en el que se transforman los alimentos para regalarnos instantes de felicidad. Todo un sabio este Guillaume al que seguro no le asaltarán dudas sobre “lo gastro”.