Foodie-Sound-Besugo-IlustraciónEl bodegón, la composición pictórica a partir de objetos cotidianos o domésticos, es a la pintura lo que el género costumbrista a la literatura. Ese afán por inmortalizar la belleza de la tierra, de la chacinería, del pan y el vino, de los alimentos en general, luchaba contra la putrefacción y el olvido mientras contaba mil historias, las mil historias que dejaron literatos y periodistas sobre la sociedad de su tiempo.
A través del lienzo el bodegón transmitía estilos de vida, explicaba las relaciones entre vida y comida, y en ocasiones, narraba pecados inconfesables y mundanos como la degeneración, el vicio o la gula. Como grandes bibliotecas los bodegones encierran testimonios realistas. A veces para condenar y otras para ensalzar pero nunca indiferente, el bodegón sirvió para constatar la satisfacción del trabajo en forma de la más valiosa recompensa, la que garantiza la vida, el alimento. Pero también sirvió para visibilizar excesos y desigualdades.
Foodie-Sound-Besugo-Bartolomé Montalvo

El Besugo, de Bartolomé Montalvo (finales del siglo XVIII).

Esa superabundancia fielmente representada convidaba inmediatamente al estómago. Hoy sin embargo los bodegones no favorecen los jugos gástricos. Están armados con figuras de carne y hueso, grotescas y avariciosas, que hacen de lo de los demás algo suyo por derecho propio, y de lo suyo, un imperio. Y si el triunfo del realismo anterior fue ensalzar lo cotidiano, el realismo de hoy lucha por elevar la mediocridad y hacer de lo material el principal valor humano. El realismo de hoy nos deja con la boca abierta, completamente pasmados, como besugos frescos que es el motivo de uno de los cuadros con los que Luis Bárcenas, el ex tesorero del PP que tiene a media España turbada y a la otra media amenazada, pretende justificar parte de su dudosa fortuna.
Fiel a Luis Egidio Meléndez (1716-1780), pintor español de origen italiano que dejó un impresionante catálogo alimenticio de textura insuperable, Bartolomé Montalvo (1769-1846) autor de El Besugo además de discípulo de Meléndez, se especializó en el bodegón para hacer de lo cotidiano y en apariencia menor, algo sublime o excepcional. Como transición entre dos mundos, El Besugo que desde 2006 reposa en las paredes del Prado representa el lujo y la ostentación en forma de pescado. El Besugo de Montalvo ensalza el alimento, fuente de vida, cuya piel brilla anunciando las delicias de su carne. Pero hay besugos y besugos.
El besugo de mar procede sobre todo del Atlántico, es dorado, con aletas rojizas y una mancha negra cerca de las branquias. Su carne es firme y sabrosa, y hay que extremar mano y fuego a la hora de cocinarlo si queremos satisfacer el corazón de cualquier ictiófago. Su captura fue abundante entre los siglos XVI y XVIII, periodo en el cual reinó escabechado en el plato de casi toda España, y asado en la capital. Tanto que fue considerado vulgar hasta por el autor de El Practicón, Angel Muro (1839-1897), quien lo incluyó en su listado de pescados ordinarios.
El besugo animal de ciudad, en cambio, no sabe bien. Es inteligente y frío. Medra auspiciado por una sociedad que fomenta un pelotazo que ha superado con creces el ámbito del ladrillo. Sin vigilancia y coparticipe de una estafa de partido, crece tranquilamente  en un entorno de cómplices mientras engorda su patrimonio particular y elude obligaciones fiscales comunes. Este besugo es sibilino y peligroso, no tiene tentáculos pero su brazo se extiende porque no entiende de amigos o enemigos, sólo es capaz de observar la cuenta corriente porque su única política es la del billete.