Desayuno-calavera¿Ese plato mira mal?

No lo creo. No hay plato que mire mal, más bien hay platos que soportan el estigma de los feos. De lo feo, para ser más exactos.

¿Por qué alguien (o algo, como es el caso) es guapo o feo? ¿Por qué –más allá de extremos- se nos considera altos o bajos? ¿Orondos o flacos? ¿Por qué abrazamos o rechazamos determinados productos, sabores y composiciones en los platos?

Todo son interrogantes y ni siquiera, aún hoy en día, nos queda claro qué es bonito y qué feo. Por qué lo que atrae a unos, automáticamente es rechazado por otros. Ni siquiera los antiguos supieron definir con exactitud qué es eso que seduce y catalogamos como bello.

Igual que entonces, no sabemos si aquello que gusta, y por tanto se considera bello, es lo que suscita admiración, lo que atrae la mirada, lo que satisface los sentidos o lo que sumerge al ser humano en el nebuloso territorio espiritual.

La historia, la general y la particular, está plagada de todo tipo de amores feos, entre los que no faltan los carnales y materiales. Sin tener que ir demasiado lejos yo misma guardo, por razones sentimentales, algunos objetos ornamentales y domésticos que pueden adjetivarse como esperpénticos. Y sentencio igualmente que hay por ahí mucho guapo-feo.

En cualquier caso, de todas las preguntas anteriores, la que me ronda con mayor intensidad desde algún tiempo es la última. Y no sólo por lo que a estética toca, o por la complejidad del gusto que encierra, o por el impulso de elección al que sometemos todo lo que da forma a nuestra personalidad. Es el interrogante más importante, digo, porque las características a las que se refiere están presentes en los alimentos, porque sus respuestas tienen que ver con lo que elegimos para comer, por qué lo escogemos de entre un amplio y despreciado resto, y cómo, finalmente, lo consumimos o comemos.

A pesar de ser una pregunta golosa, estamos, como siempre que se aborda la belleza o fealdad, ante el reto de los equilibrios. Ante la magia de las proporciones. Ante el delirio de los cánones estéticos lastrados desde el Renacimiento aunque su discusión proviene del medievo. Desde Santo Tomás de Aquino pasando por la tesis de Umberto Eco, venimos moviéndonos entre conceptos filosóficos y artísticos, en los que se discute la intuición y que sopesan y juzgan o examinan lo físico y el cuerpo.

Pero una cosa son los cuerpos, humanos desde luego, y otra muy distinta los cuerpos servidos en el plato, es decir el cuerpo alimento, aunque esos cuerpos puedan pertenecer al universo humano.

La historia de nuestra alimentación es también la historia del hombre como alimento, del ser humano antropofágico: una acción que puede deberse a patrones culturales practicados por primitivas tribus, o al placer, como lucía sin reparos cinematográficos el personaje de Anthony Hopkins, Hannibal Lecter; o puede deberse a la necesidad, caso de los famosos supervivientes de los Andes, los cuales salvaron la vida alejando prejuicios y dilemas morales, alejando desde el lado occidental lo feo.

Sea como fuere, aquí estamos. Rodeados de recetas. De delicias, exotismos y comistrajos. Y si hay belleza en el cuerpo, de igual modo se observa en los platos. Hay muchos teóricos de lo bello. Para el italiano Augusto Nifo la belleza perfecta respondía a cinco elementos que se corresponden desde entonces con los cinco sentidos. Aplastante lógica la del italiano quien se percató, hace más de cinco siglos, de que la forma que percibe la vista; la armonía que nos llega a través del oído; lo sabroso detectado gracias al gusto; la dulzura que selecciona el cerebro por las notas que aspiramos; y la blandura que tocamos, nos informan y condicionan de tal modo, que, al final, lo que todo buen cocinero y todo buen comensal buscan (buscamos), no es más que armonía y variedad en cada plato. Egoístas que somos.

Ya lo dejó escrito Carvalho: “ningún sentido merece ser tratado rutinariamente porque mediante los sentidos estamos vivos”. Desterremos entonces los tópicos porque lo que es guapo y lo que es feo, se debe, por encima de todo, a la  geografía del gusto que corre pareja a la disponibilidad de alimentos de cada territorio. Ahí tenemos todo un listado de platos feos, que si son feos es porque casi han sido observados desde la frontera occidental -¡egocentrismo en estado puro!-: insectos, lagartos, vísceras y perros, son algunos ejemplos. El universo marino, por continuar con el muestrario, también está plagado de inquietantes criaturas, que además de comestibles sirven de inspiración a creadores de criaturas fóbicas y demás thrillers. El terror acecha en el mercado (horror en el supermercado, si es que pueden y recuerdan la canción). La cruda realidad es que cada día nos topamos con infinidad de alimentos feos, inconexos, discretos, aburridos, tristes o contentos.

La realidad supera la ficción, reconozcámoslo, pero esa misma realidad nos indica que no hay platos raros porque para raro, como tantas veces ha quedado apuntado por ahí, ya está el género humano