foodie-sound-gintonicConfieso que lo pido siempre que puedo y que como tantos otros hace tiempo que me he subido a la fiebre del gin-tonic. Lo malo, o bueno, es que deja de ser afición para convertirse en culto. Me entusiasma tanto su ritual que cada día quiero descubrir matices nuevos y aprender más de esta bebida que ha tenido adeptos y protagonismos durante décadas.
El gin-tonic ha formado parte de las bebidas españolas desde el siglo pasado. Se bebía durante la República, se bebió en la dictadura, en la Transición y, tras superar el aire casposo, las movidas y tecno-pops, superados los años de abandono y el miedo a no molar, asistimos desde hace algún tiempo al renacimiento del combinado.
Mentiría si no dijera que el gin-tonic forma parte de mi imaginario infantil porque, aunque así de pronto suene raro, era también estaba de moda en aquellos días, y era la bebida que casi siempre compartían los adultos de la familia. En cierto modo el gin-tonic que recuerdo está a medio camino entre las películas de indios y vaqueros, oscila entre el anhelo de interminables veraneos y el intercambio de cuentos y tebeos, y, ahora que puedo beberlo, tengo que confesar que mi gin-tonic conserva ese aire familiar a sierra, a chalet, a insólitas e infantiles excursiones que parecían lejanas y apenas distaban unos metros, y a partidas de cartas nocturnas en las que los mayores disfrutaban de las noches calurosas con naipes y copas. Copas entre las que siempre había algún que otro cóctel gin-tonic. Y nosotros, todos nosotros que sumábamos entre siete y once niños, todos primos de entre siete y once años, organizábamos escondites, carreras y fingidas caídas al agua con el único deseo de refrescarnos sin miedo a las broncas.
foodie-sound-vador-lladoPor aquel entonces éramos pequeños y eso del gin-tonic era parte del ritual de la vida adulta. Sobre la mesa blanca de metal, a cuya rivera nos arrimábamos todos, recuerdo el ajetreo de los vasos y una vieja botella de Larios, la marca más popular por aquel entonces  La misma Larios que durante años estuvo muy cerca de casa, en Arturo Soria, en un edificio que mantenía la compañía Jiménez y Lamothe en Madrid hasta que en 1997 la marca fue comprada por el grupo Pernod Ricard. La Gin de Larios ahora modernizada cuenta con nuevos amigos nacidos de la fiebre del gin-tonic. Y no es que yo me decante por esta marca en particular, es que pertenece a esa pasado común de los españoles en el que aparecen nítidamente algunas marcas comerciales como Tulipán o la Casera.
Piensen que me he puesto nostálgica y acertarán porque ha gracias al libro de Vador LladóEl Secreto del Gin-Tonic  (Now Books, 2012) me he pasado varios días pensando y hablando de aquellos años. El libro, que tiene un agradable diseño retro, me ha transportado atrás en el tiempo y me ha hecho desear en cada página sostener un gin-tonic en cada mano. Y no sé si agradecerle a su autor la publicación de este libro que instruye, aficiona y divierte, o el prodigio de haberme proporcionado tan buenos ratos. He de confesar que no sé si pondré en práctica sus recetas, al igual que muchos de los personajes que incluye el libro, considero que el gin-tonic es para disfrutarlo con tranquilidad. Así que sin estar segura de que voy a sacarle todo el partido que se merece, tras su lectura estoy más que convencida de que voy a continuar siendo muy buena amiga de este trago largo que ahora disfruto y que tan gratos recuerdos me provoca.