Foodie-Sound-insectos-LarousseParadójicamente hacer de un alimento algo sabroso y apetecible o algo verdaderamente repugnante no tiene nada que ver con la comida en sí. No tiene nada que ver con si ese alimento es o no comestible desde un punto de vista biológico. Tampoco tiene que ver con la fisiología de la digestión (con si es apropiado o de fácil absorción para el organismo). Y sorprendentemente tiene todavía mucho menos que ver con las proteínas y nutrientes que ese alimento pueda aportar.
Tampoco influye la cuestión del sabor porque estoy más que convencida de que muchos de nosotros, en una cata a ciegas, encontraríamos sabrosos infinidad de alimentos que a simple vista rechazaríamos de lleno. Ese es el caso de los insectos, que a la hora de comer se llevan la primera posición en el ranking de repugnancias o rechazos alimentarios. Al menos en el lado occidental donde se asocian a inmundicia y basuras.
Comer insectos nos provoca arcadas con solo pensarlo, nos afloran los malos gestos con tan sólo barajar esta posibilidad; no podemos disimular el asco. Pero es curioso porque en los últimos días y gracias al último informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) la entomofagia es uno de los temas estrella. Y, aunque va perdiendo fuelle en parte porque se ve como algo imposible o lejano, el tema no es un asunto menor, como lo demuestra el hecho de que llegó a ser Trending Topic en España durante unos quince minutos desde el momento en que los medios de comunicación españoles, entre los que El País se llevó la palma (y si no comparen influencia en Redes Sociales), divulgaron la noticia.
El caso es que nadie puede echarnos en cara ni la reacción ni el rechazo sencillamente porque nuestro marco de referencia alimentario no contempla esta posibilidad, y por tanto, comer insectos no es una opción aceptada culturalmente.
Que un alimento sea o no bueno para comer tiene mucho más que ver con las tradiciones gastronómicas que con la posibilidad de ser aceptados como recurso, alternativa o novedad de mercado, aunque intentos se han hecho tanto en restaurantes como con la edición de libros con recetas. Más aún en países de Occidente. Con todo, existe un relativismo cultural en materia de gustos culinarios que ni se debe condenar ni ridiculizar, porque, tal y como indica Marvin Harris en Bueno para comer, los pueblos y sus costumbres alimentarias son riqueza y responden a cuestiones más bien prácticas, aunque nos sorprendan. Pero estas costumbres no suelen ser exportables y no se pueden imponer porque ni todas las sociedades están preparadas para aceptar determinados alimentos, entre ellos los insectos, ni tienen porque planteárselo cuando son la gestión y explotación de los recursos alimentarios, además de su acaparación y explotación por parte de multinacionales, las claves para garantizar la correcta distribución de los alimentos a precios razonables y sostenidos, o si se prefiere, independientes de otras variables económicas.
Cuando hablamos de comida, hablamos por encima de todo de un derecho fundamental de los seres humanos al que los gobiernos (todos) deben su esfuerzo. Es su responsabilidad y en materia alimentaria la cooperación no debería ser una opción sino una obligación moral.
Ahora bien, con todo el revuelo de la FAO y sus insectos, el contexto cambia si sabemos que en realidad lo relevante para que un pueblo acepte o rechace un alimento son las deficiencias y oportunidades geográficas y ambientales de las cuales disponga. Aspectos que no ostentan el mismo rango de importancia si se es un país rico que cuenta con infraestructuras e intercambio comercial, o si se es un país pobre con todo tipo de recursos limitados.
Apoyándose en beneficios como el valor nutricional, la posible merma del hambre en el mundo, el aprovechamiento natural que brindan bosques y faunas,  y la opción sostenible que supone el consumo de insectos frente a la sobre-explotación que sufre el planeta y sus múltiples recursos, la FAO, además de generar polémica, al margen de que su estudio y la posible aplicación en la industria alimentaria (sea para uso animal o consumo humano) sea muy  interesante, ha abierto como poco un triple debate en aquellos países donde la ingesta de insectos no tiene cabida. La gran pregunta es ¿son los insectos una opción sostenible y alternativa para la alimentación del conjunto de habitantes del planeta como se sugiere en este informe? ¿ O son una salida cómoda al hambre y los muchos problemas de producción alimentaria que nos acucian? ¿Serán los insectos la llave para eludir responsabilidades?
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Una manera de animar el consumo de insectos. Libro de David George Gordon, estética comercial y atractivo cultural a nuestros ojos.

En lo que se refiere a las posibilidades nutricionales de los insectos, éstas no pueden ser cuestionadas porque son demostrables. Son, y de hecho han sido en muchas culturas como las antiguas civilizaciones mayas, una importante fuente de nutrientes (proteínas, grasas, proteínas, vitaminas, fibra y minerales). Pero sin tener que pasar por estas propiedades, los insectos también se han comido, y se comen, porque gustan. Se comen por su sabor. Es el caso de muchas regiones de Asia y África.
La sostenibilidad y los aspectos ecológicos y ambientales que implican una correcta conservación de los recursos forestales junto con los beneficios útiles que aportan las especies de origen animal y vegetal, y de nuevo, los insectos, en un hábitat sano y natural, son sin duda otro de los grandes beneficios.
Los bosques proporcionan una gran variedad de riqueza como la básica fotosíntesis, el abastecimiento de caza y otros recursos nutritivos, por nombrar unos pocos, de los que viven muchos pueblos en todo el planeta. Su cuidado es al tiempo necesidad y aprovechamiento.
Pero la cuestión de paliar el hambre, con el consecuente peligro añadido del incremento de la población mundial, no está tan clara. Para empezar la ingesta de insectos no es aceptada por igual porque como depende de las costumbres y hábitos de cada sociedad. Y si se quiere trabajar sobre ello conllevará mucho tiempo y maquinaria promocional (que no garantizarán el éxito). Y por otro lado está la peligrosa e inquietante sugerencia que se deduce de esa asociación hambre-insectos de que serán los países con hambre endémica los resignados que acepten la oferta invertebrada de la FAO. ¿Por qué se trabaja este terreno y no se aboga por la cooperación y el desarrollo para que sean los pueblos los que decidan que comer?
Desde el punto de vista científico, somos seres omnívoros, es decir, que comemos alimentos de origen vegetal y animal. Así que no debería asustarnos el hecho de incluir insectos en la dieta. Sin embargo, el debate, o mejor dicho la propuesta de integrar los insectos en el menú de países pobres y otros menos pobres pero donde siquiera se contempla esta posibilidad, pasa primero por la responsabilidad de los países ricos que desechan la mitad de sus recursos alimentarios, mientras que otros, debido a su inferioridad económica, sufren carencias. Hay muchos factores, muchos problemas pero señalemos los más visibles. Como por ejemplo el que apunta el investigador Tristam Stuart: el despilfarro generado por los modelos de explotación de los países ricos. Si a esto sumamos la especulación que gira en torno al mercado de los alimentos; la especulación del agua (recurso natural); la de la tierra y el mar, su acaparamiento y explotación en el caso de la primera, y sus divisiones pesqueras, las piscifactorías y deshechos en el caso del mar; la contaminación y super-explotación del planeta para unos pocos, hallaremos otras razones para descubrir porque somos un planeta dividido entre gordos y hambrientos.