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Ahora que se aproxima el frío, el frío de verdad, que lucen los encendidos de navidad y que andamos confeccionando o pensando listas de regalos que contrastamos con cuentas o libretas bancarias, hablar de aceite de oliva virgen extra como si habláramos de un buen perfume con el que obsequiar, no es nada desdeñable. No es asunto baladí, que diría un amigo.

Por lo general, cuando hablo de aceite de oliva, de buen aceite de oliva, o sea, de aceite de oliva virgen extra, mi interlocutor (salvo excepciones y canales profesionales) reclama mejor precio. Sin entrar a discutir el mismo (en la mayoría de los casos justificado por tipología de cultivo, recogida y procesado) quiero que piensen en el aceite de oliva virgen extra como el mejor de los regalos para la ya inminente y comercialísima Navidad. Como un artículo digno de regalar, como excusa perfecta para comprar o comprarnos esa botella de aceite de oliva virgen extra que cunde muchísimo y refuerza el organismo como pocos alimentos. Escuchar la expresión “zumo de aceituna” además de hacer justicia al producto, es un claro síntoma garantía y calidad. De respeto, atención, mimo o cuidado. Y si la Navidad para ustedes conserva algún sentido, éste tiene mucho que ver con lo anterior.

Plato que tocan estos aceites, plato que brilla. No conozco a nadie, amateur o profesional de la cocina, que no valore su trabajo y riegue el mismo con el aceite de oliva virgen extra que afortunadamente tenemos tan bueno y tan a mano. Si el aceite de oliva, símbolo mediterráneo, ha estado con nosotros desde hace siglos, por algo será.

Los egipcios lo usaron para fines cosméticos. La mitología griega nos cuenta que Atenea ganó el favor del pueblo frente a Poseidón con un retoño de olivo. En Roma, el aceite de oliva se convirtió en moneda y lujo. Los cristianos le otorgaron sentido religioso (la propia palabra Cristo significa ungido). No menos importante durante su historia ha sido el valor comercial. Desde los fenicios, el aceite procedente de Hispania ha mantenido intacto su prestigio. A este periodo debe el desarrollo de su comercio incrementado durante el Imperio Romano. Un comercio que todavía hoy abre oportunidades en el consumo interior y también con la exportación, donde la calidad de los aceites de oliva virgen extra de origen español convierten cualquier inversión en valor seguro.

Coincidirán conmigo en que nuestras carteras van a comenzar a temblar. Durante el periodo navideño, quien más y quien menos anda pensando y calculando para dar, precisamente, con un regalo seguro, a ser posible original y bonito, pero pocas veces pensamos en regalar comida de forma especial. Una elección meditada y un simple lazo hacen maravillas. Por eso desde hace algunos años regalo sobre todo experiencias gastronómicas. Lo hago porque es la excusa perfecta para que otros descubran, disfrutando, esos productos que nos fascinan y aportan felicidad. ¡Qué sentido tienen estas fiestas si no es para disfrutar y regalar alegría!

La gastronomía sabe mucho de felicidad, es felicidad concentrada que sólo los más sabios aprecian.

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El diseñador Roberto Verino. Imagen facilitada por Castillo de Canena.

La elegancia que de por sí mantiene la botella se viste con una nueva etiqueta que diseña algún personaje relevante de nuestro territorio y que este año lleva el sello de Roberto Verino.

Dos preciosas etiquetas, para dos exquisitas variedades: arbequina que este año sorprende y demuestra fuerza y esplendor, con aromas vegetales, sobre todo a hierba fresca, almendra y alcachofa. Su sensación en boca es almendrada, con recuerdos a manzana verde, piel de plátano y toques de pimienta. Y otra para una fidedigna picual de color verde intenso y aromas a hierba verde y plantas silvestres como tomillo o romero. 

Contenido y contenente. Aceite, botella y etiqueta que muestran, más que el trabajo de sus artífices, su huella inconfundible, su alma.

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La botella rojo o primer día de cosecha. Castillo de Canena.

El alma es lo que da sentido a cualquier obra, proceda del mundo de la moda, de las artes plásticas, arquitectónicas, literarias o comestibles. Fundir el diseño con el resultado de la sencilla aceituna en su expresión más noble es un acierto. Desde la primera etiqueta realizada por la diseñadora Sara Navarro, quien también fue artífice de la botella, por Castillo de Canena y su Primer Día de Cosecha han pasado figuras destacadas de la cultura, el espectáculo, las artes o el deporte. 

Esta elegante botella roja, entre cereza y bermellón, tiene también el color de la Navidad. Puede ser un bonito regalo para familiares, amigos o para uno mismo. Un obsequio personal con el que transmitir nuestro cariño.

Hace poco, la periodista Cristina Jolonch, a la que admiro profundamente como profesional, preguntó a la audiencia de Twitter  lo siguiente: ¿qué salvaríamos de nuestra despensa si sólo pudiéramos salvar un producto?

¿Adivinan mi respuesta? Aceite de oliva virgen extra, una joya gastronómica. Para mí, el mejor regalo.