Foodie-Sound-Alice-B-Toklas-Editorial-Black-ListEse gris medio ligado a guerras y contrariedades a los que la historia nos tiene tan acostumbrados se desvanece cuando la cocina de Alice B. Toklas comienza a trabajar. Como un cuadro cubista, como una labor tejida a fuego lento, como un huerto de ensueño en el que plantar peces o recolectar corderos. Todo es posible en manos de esta mujer.
La cocina, harto categorizada, ostenta la primera posición en cuanto a poder de metamorfosis se refiere. Al igual que cualquier otra disciplina que implique cierta dosis de arte y literatura, sorprende y aflora cuando menos se la espera. Podemos leer libros de historia para comprender el presente desde los acontecimientos del pasado; podemos sumergirnos en biografías que desvelan la cotidianidad de los grandes protagonistas que se tornan voluntariamente excéntricos o triviales; y podemos disfrutar de la Historia, con mayúscula, y sus historias con la comida y los rudimentos de la vida como guía.
Es el caso de El libro de cocina de Alice B. Toklas (Planeta, 2012) escrito durante una asfixiante convalecencia de ictericia en el que el pasado, la amistad y, ¡cómo no!, la cocina se convierten en fotografía y evidencia de un periodo de la historia y de un estilo de vida.
Anécdotas y recetas sin florituras transitan por estas páginas en las que artistas como Picasso, al que turba un plato de espinacas cual cruel enigma; Matisse, forma y color; o Picabia y unos singulares huevos bautizados con el nombre del pintor, comparten jugosos párrafos con escritores como Hemingway o Francis Scott-Fitzgerald.
Si es cierto que para que un libro se convierta en un clásico necesita abrazar un modo de vida y describir una época a la que regresar releyendo sus páginas, sin duda, La cocina de Alice B. Toklas pertenece a esta categoría.
Escrito diez años después de la segunda guerra mundial y seis años después de la muerte de su compañera y amante, la escritora y poetisa Gertrude Stein, los prodigios que narra esta cocinera son equiparables a los pequeños milagros que obran en medio de la miseria y las dificultades. Una cocina improvisada a partir de su estancia en Francia, practicada como una de las bellas artes, ofrecida a grandes personajes que también compartieron guerras y escenario junto a una fe absoluta en que la cocina está más allá de este mundo señalan la diferencia con cualquier otro libro de recetas.
Cocina, sí. Historia, también. Y siete clases de gazpachos, y unos brownies de marihuana con escena memorable en celuloide (Te quiero Alice B. Toklas, 1968), y un sinfín de tesoros acumulados en una mente excepcional capaz de recordar cualquier pormenor. Cocina, vida y muerte. Curiosa trilogía que tiene cabida en este libro en el que aparece, unos años antes de que Manuel Vazquez Montalbán abriera Contra los Gourments con su frase memorable, la jugosa descripción de ese placer de devorar al muerto mientras se despliegan todos los detalles y recuerdos que tienen que ver con el plato, su guisado y el cadáver.