Foodie-Sound-Detalle-Miscelánea-Gastronómica-SchottAl menos lo he leído tres veces. Hace que lo tengo ese mismo número de años y todavía no sé como clasificarlo. Desde entonces y siempre que tengo que hablar o recurrir a este libro me doy cuenta de la zona indefinida y reservada de mi cerebro en el que se halla. Una senda transitada de risas, absurdos y conocimiento. Con todo, recomendaría este libro a cualquier lector curioso y con apetencia al que sólo tendría que exigir una cosa: gusto por la sorpresa y disposición a la tolerancia. Y lo digo en serio porque Miscelánea gastronómica de Schott (El Aleph Editories, 2010) es cualquier cosa menos un libro normal. Tampoco es que sea moderno, mucho menos novedad.

La silueta grita que es libro pero su contenido permanece en el limbo, es inclasificable. Contiene recetas, consejos y anécdotas, es cierto, pero también un buen número de simpáticas estupideces que hacen de sus páginas una especie de diario histórico con el que acercarse y constatar la complejidad de aficiones y gustos culinarios del ser humano.

De las recetas que se incluyen puedo afirmar que buena parte se corresponden con una cocina y coctelería, digamos convencionales, a las que añaden notas de color e insospechados datos. Pero muchas otras resultan tan absurdas que sobrepasan lo imaginable.

Leer Miscelánea gastronómica y pensar en unos minutos, los minutos que se tarda en avanzar unas cuantas páginas y pensar este tío está loco, es un todo en uno. Es obra de un escritor sin capacidad para la organización o con un acusado sentido del humor y afición por la confusión del lector. Con atípica visión gastronómica, mitad excéntrico mitad visionario, el caso es que ha dado forma a una rareza gastroliteraria que responderá, sobre todo, al interés de coleccionistas de extraños acontecimientos y con inclinación por lo gastronómico porque lo mismo explica cómo le gustaban a Dickens las ostras que informa sobre Blancanieves y su manzana, y no es broma.

Experimentando en persona culturas y gastronomías, Schott viaja y mientras viaja se inmiscuye de tal manera que la experiencia interiorizada regresa enriquecida en forma de microtextos, listados insospechados y recetillas. Lo que no hace sino convertir al libro en una extraña joya que recoge las migajas abandonadas en descuidadas mesas, tertulias o manteles.

El propio autor reconoció en su día que la idea de retratar cada uno de esos lugares por los que transitaba recopilando historias, conociendo sus gentes, se convirtió a las pocas semanas en una misión personal. Claro está que el hábito de la escritura le impuso la necesidad de profundizar en aspectos de la gastronomía que hasta ahora se habían pasado por alto, si es que quería ofrecer algo nuevo. Esa novedad con la que destacar serían observaciones tan inauditas como la recreación del mejor método para hacer aros de humo; el modo correcto del ceremonial del té japonés (esa costumbre social y estética en la que se sirve y se debe el famosomatcha, té verde en polvo); o la minuciosa descripción sobre las propiedades organolépticas de una ¡chinche gigante de agua! Tal cual.

Si eso les sorprende ya verán cuando lleguen a las detalladas explicaciones sobre la forma de cocinar un cisne y las razones por las que su ingesta queda prohibida. Hay mucho más, y si no esperen a llegar a varias de mis partes favoritas: cómo le gustaba el Martini a Hemingway, por qué los espárragos dan olor a orina, y como sería el modo más sensato de consumir palomitas en el cine. Como un manicomio pero concentrado y por escrito. Un libro rarito pero sin desperdicio, créanme.