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Ilustración de Pan y Peter, recetas ilustradas.

Las torrijas son un dulce fácil al alcance de cualquiera. Su preparación es sencilla y sus ingredientes humildes. Pan, vino con especias o leche, huevo, aceite (antaño manteca para freír) y azúcar y canela o almíbar final. Dulce típico de Semana Santa no hay receta tan simple y jugosa como esta. Y aunque hay quien todavía las considera extremadamente peligrosas por aquello de sucumbir a los placeres de la gula, las torrijas son una de las recetas básicas a las que cuesta renunciar.
A pesar de que los pasteleros temen una caída del 10% en el consumo de dulces típicos de Semana Santa, estoy segura de que las torrijas, tradicionales o ‘de autor’, van a acaparar las mesas de casi todos los españoles. Eso sí, volverán a hacer honor a su origen porque en la gran mayoría serán caseras dado que el monedero no está para fiestas. Con la que está cayendo a nadie le amarga un dulce y andamos necesitados de que nos lo endulcen casi todo. Así que el mal augurio de pasteleros no tiene por qué traducirse proporcionalmente en el descenso del consumo de tan antiguo manjar. ¿Qué quieren que les diga? Las penas en cocina y con azúcar entran mejor.
Baratas y con rebanadas de pan como principal ingrediente, las torrijas fueron concebidas como tantas otras recetas: nacieron de la necesidad. Aquel pan duro transformado en manjar debe su origen a una primigenia cocina de recursos de la que tenemos datos seguros y registrados en varios libros de habla hispana fechados en el siglo XV; como ven mucho antes de que Ignacio Domenech nos regalara tan noble y útil título. Pero en cuestiones de cocina e historia he aprendido que no hay que dar nada por sentado y pudiera ser que, efectivamente, el pueblo romano también gozara de unas dulces rebanadas parecidas, que no iguales, a la torrija de hoy. Quienes también consumieron torrijas o elaboración similar fueron los Caballeros Pobres de Windsor, una orden militar inglesa creada por Eduardo III en el siglo XIV.
Consumos y primeros puestos al margen, el caso es que con la transformación, una vez bañado en leche o vino, ese pan duro, esa sobra, renacía convertida en suculento desayuno.
Las torrijas fueron durante mucho tiempo solo de vino y se espolvoreaban, una vez fritas en abundante aceite, con azúcar y canela. Exactamente igual que hacemos hoy. Para consolar a beatos y beatas, o al comensal abstemio, se improvisaron las torrijas de leche que pueden igualmente espolvorearse al final con azúcar y canela, o ser rociadas con un almíbar ligero hecho con miel.
Lejos de quedarse estancada la torrija evoluciona y se acompaña de helado, con crema, se adorna con compota o confitura, con frutas cocidas, fresas, vainilla, arándanos, chocolate… ¡Hay incluso versiones saladas!
La torrija tiene mucha vida, pero hay que tener cuidado porque ha proliferado la venta de pan especial para torrijas a precios desorbitados. Tienen menos corteza y la miga es un híbrido entre brioche (base de la versión francesa) y pan blanco. Prueben y decidan pero si tienen cuidado el pan duro de siempre bien empapado da buenos resultados. Ahorrarán en sus torrijas sin profanar el espíritu de tan ancestral receta.