Foodie-Sound-Greg-Betza-Illustration

Ilustración de Greg Betza ( St. Louis Magazine www.stlmag.com ).

Hay varias cosas que podemos hacer para quedar bien con quien sea, pero una de las que más practico y que recomiendo con mayor ahínco es la de regalar vino. Puede parecer una costumbre cómoda, sencilla, hasta facilona por estar en boga. Como si fuera un esfuerzo menor. Pero todo es apariencia porque en realidad se trata de una actividad en la que, realizada con interés y frecuencia, se confunden o entremezclan los retos con el estímulo de la sorpresa y su finalidad.
Qué vino comprar o cómo interpretar su etiqueta puede convertirse en misión imposible si por mucho esfuerzo que se ponga, o por muy a la última que se esté, no somos capaces de descifrar nuestros gustos, o los gustos de los demás. No se trata de comprar por comprar, ni de repetir valores seguros porque no me gusta esa idea de tener un vino de cabecera. Suena triste. Sería como culminar cada día con el mismo poema. Como reconocernos uniformes o átonos. Como seres falsos sin ausencias ni contradicciones. Como un cuadro sin color.
Para alejar el gris de nuestras vidas no hay nada como el vino cuyas características nos vamos añadiendo. Aspectos que vamos guardando y con los que crecemos. Así es como nos vamos definiendo. Quizá por eso leamos tanto sobre vino, y quizá por eso con cada lectura, con cada crítica, con cada ficha, con cada cata, comprendemos que necesitamos conocerlo todavía mucho más.
Hay, sin embargo, un sabor común al que siempre regresamos o un determinado poema que con cadencia temporal aflora. Hay unos rasgos que nos llaman por encima de los demás. Cuestión de afinidad. Ambos, gusto y letras, proporcionan un entorno seguro, añaden comodidad. Y ambos comparten ese trazo particular (sentimental o sensorial, según el caso) con el que identificarnos. Una senda de características biográficas que definen estilo pero no constriñen la identidad. Porque la identidad, ahora que ando sumergida en Maalouf, “no está hecha de compartimentos, no se divide en mitades, ni en tercios o en zonas estancas”. Somos un cúmulo de elementos singular y único, y si queremos ser felices además de respetarnos estamos obligados a buscar la complacencia, aunque a veces se nos olvide, incluso por imposiciones propias.
No quiero decir que, una vez hallada (o reconocida) dicha parcela gozosa, no se trasvasen sus fronteras, ya se trate de versos o alimento. Libertad es el único mandato que reconozco, también en lo gastronómico. Lo que sí quiero dejar claro es que esa inclinación que sentimos por un producto y no otro; por un autor y no otro; son indicios de lo que somos.
El caso es que, sin ánimo de influenciar (dios me libre o libertad mediante) y compartiendo siempre la democratización de tan loado y verdadero regalo para los sentidos, siempre que puedo recomiendo agasajar con vino. Y siempre que me invitan o debo regalar a alguien me visto con una botella. Ni buena, ni mala. Ni cara, ni barata. Ni alta (entiéndanme en términos de marca), ni baja. Lo que busco siempre es la botella que mejor encaja con la persona y sus circunstancias que son tantas y tan variadas como las infinitud personas con cada una de sus circunstancias.
La verdad es que ya no sorprendo a nadie. Ni siquiera sé por qué lo cuento. Lo que sí sé es que los más inmediatos lo saben. Incluso he llegado a pensar que si un día me invitan y no aparezco con la referida botella no me abrirán la puerta. Todos lo esperan. Lo sé. Lo sé porque cuando me aproximo y llamo al timbre, siempre ocurre lo mismo. Quienquiera que sea el que acuda al rellano, me recibe con cariño pero no me dice hola. Tan sólo se limita a observar y, al tiempo que intercambiamos la familiar sonrisa y en medio de un rutinario silencio, peleo por hacerme un hueco sintiendo que no ahogo esfuerzos para reinterpretarme porque, una vez más, mi traje vuelve a tener el color del vino.